Nolek tuvo suerte de no haberle robado a los judíos justo el día en que uno de ellos, el más flaco de todos, le metió las manos a las bolsas de la chamarra sospechando ya de alguna pericia. Había terminado su trabajo como anunciante de una cadena de sándwiches mundial a las afueras del Sheperds Bush Empire. No había sido una buena tarde. Reconoció a sus pares embriagándose en los parapetos del teatro y de pronto llegó a convencerse de que a él le correspondía otro rol en el cuadro. Esa tarde apenas entregó diez impresos, y ello implicaba deshacerse del resto tan pronto como dieran las nueve de la noche. Así que a su regreso, con el incómodo anuncio recargado sobre su espalda, logró desaparecer los volantillos dentro de uno de los cestos de basura de Shipton Road, una calle paralela a la de la bodega donde cada noche descendía para acomodar el letrero sobre una de las repisas.
Les había robado, cuando mucho, veinte libras en productos tales como papas fritas, gaseosas de cola, papas deshidratadas. Y lo hacía no tanto por necesidad (gracias al cielo las papas cocidas nunca lo abandonaron), sino por gula. Nolek estaba convencido, desde hacía unos meses, que todo alimento que no fuese un regalo de algún piadoso indigente o camaradilla de cantina, era definitivamente gula. Además lo motivaba el deseo de hacer justicia por propia mano a la paga insultante del señor Bogda.
-Alguien me dijo que además de las tres libras usted premia –quiso motivarlo- a sus trabajadores con un bocadillo de quince pulgadas.
-Lo único que puedo ofrecerte son tres libras, tómalas o déjalas.
Necesitaba la puta pasta. El alquiler llegaba cada mes y el dinero que había hecho en el tercer mundo se esfumaba con apremio en el primero.
-Tres horas diarias, haya concierto o no.
-Sólo puedo pagarte cuando hay conciertos. Tener un anunciante sin público es como tener un espantapájaros en el la montaña.
-Venga, me quedo con el trabajo.
Entonces aquel diálogo, todavía rimbombante en sus venas, se estampaba sobre las escaleras de la bodega, se le colaba por entre los poros y, desde luego, se leía en sus ojos. Y ellos lo supieron desde el primer momento como quien intuye la presencia de una larva. Pero esa noche Nolek estaba lleno. Había comido tres papas, en vez de dos cocidas. Y Nolek estaba lleno. Y cuando alzó la mirada para esquivar el diálogo con Bogda, pensó en que esa tarde no le apetecía robar papas fritas. Al salir tuvo suerte. El más flaco, quien por más que buscó entre las bolsas de la chamarra encontró sino aire y una mirada de larva, le miró incrédulo. Nolek reconoció que con orgullo triunfaba líneas arriba. Sin el consentimiento de nadie, pero sin más que alegar, abandonó el recinto, se fue alejando, perdiéndose entre la gente que común y corriente camina por una calle inglesa a las nueve y siete de la noche.
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