lunes 5 de marzo de 2012

Taller de Cine y Apreciación Cinematográfica

Buen día, les mando un saludo y los invito a echar un vistazo en el programa del próximo Taller de Cine y Apreciación Cinematográfica que se llevará a cabo del lunes 19 de marzo al viernes 20 de abril del 2012.

Este taller está dirigido a todos aquellos que les interesa estudiar cine, comunicación, fotografía, o que simplemente les gusta y disfrutan mucho del cine. El ciclo consta de 10 sesiones, durante 5 semanas, en donde abordaremos la historia del cine a través de películas. Sus géneros, las vanguardias, el cine de autor. En cada sesión veremos una película, un director, entre los que figuran Claude Chabrol, Vittorio de Sica, Alfred Hitchcock, Woody Allen, Kim Ky-Duk, entre otros, y abordaremos los diferentes estilos cinematográficos a través de algunos films.

Para los que estén interesados habrá dos grupos: Lunes y Miércoles de 4:00-6:30 P.m./Martes y Jueves de 4:00-6:30 P.m. En realidad no habrá un horario preciso de salida, pues es variable la duración de las películas, pero saldremos entre 6:00 y 6:40 p.m. El taller tiene un costo de $500 pesos.

Pueden apartar llamándome a mi cel. (452-51-741-27) o enviándome un inbox por Facebook. (fdohra@hotmail.com) Cualquier duda, estoy a sus órdenes. Saludos a todos.

jueves 9 de febrero de 2012

Piso Nueve.

La habitación no era muy grande, pero para ella estaba bien. No era una mujer de fiestas caseras ni reuniones que solieran extenderse a otros espacios. La casera era una mujer sencilla de la que nadie podría quejarse, y algo curioso: ella misma se vestía de mucama los sábados para cumplir con lo estipulado en el contrato. María se sorprendió la primera vez que la vio dos horas después de firmar el contrato con el conjunto a rayas, en su papel doméstico. Interesante. Alguien que por las tardes se juega de arrendador y los sábados, sin intenciones de algo más, te habla incluso con otro tono de voz mientras limpia el horno con desenfado. Incluso, recuerda María, su cara era otra. Sus expresiones ajenas, como si nunca antes se hubiesen frecuentado, hasta cierta conmoción entre sí. Una situación extraña a la que María se prestó con naturalidad.


¿Para qué salir de casa mientra nieva a través de la ventana? Imaginaba su mano extendida sobre el barandal esquivando los copos de nieve, comparando la sensación a la de acodarse sobre los puentes mientras se fuma un cigarrillo.

En cualquier momento sonaría el teléfono, pero qué iba a decirse a través de éste. Su español era muy malo. Aunque en sus sueños siempre aparece un japonés que no abre la boca y la besa. No sería la primera vez que se limitara a levantar la bocina sin musitar una sola palabra. Pensó en buscar un traductor en Internet, pero de poco le servirían los íconos. Al carajo, pensó, tal vez debería tatuármelos la próxima vez sobre la frente y entonces sí, encararlo: “あなたは私と一緒に寝たいのですか? (¿Te quieres acostar conmigo?)”.

María se armó de valor y encendió un cigarrillo, tomó un pocillo para calentar agua. Fumó a través del cristal y dejó que el teléfono sonara.

Del otro lado del edificio alguien fotografío a María.

miércoles 14 de diciembre de 2011

Genova.

Lo que más me gusta de ser piloto es tener el poder de escarmentar a la tripulación diciendo en un mesurado tono: "Hay algún médico abordo?". Y luego bajas un poco el alerón para que sientan una turbulencia chiquita. Suelo acompañar al movimiento encendiendo la señal del cinturón de seguridad y, casi de inmediato, ya estoy escuchando los golpecitos de Lilia en la puerta. El juego es lo que me mantiene vivo.

Estoy arreglando un hoyo que se hizo por la lluvia y por la insistencia de Tenoch, mi perro, en escarbar justo ahí para enterrar el hueso que le compró Laura la semana pasada en uno de esos tianguis que se suelen poner los sábados al mediodía. Me gusta ir ahí, pero mi parte favorita es irme. Una hora es más que suficiente para darse cuenta si hay algo que vale la pena, y hay que ser francos, yo sólo he comprado ahí cacharros. Que el relojito de Coca-Cola, que la mesita para la niña, que así ya no va a pintar con crayolas las paredes, que el hueso para Tenoch, que así nos va a dejar de morder los zapatos, en fin, nunca he comprado algo de lo que me sienta orgulloso, caso contrario al de Laura, a la que veo esponjarse un martes al mes en su reunión y presumir los precios de la silla, del vestido, de los aretitos, de la plancha. Disfruta demasiado negociando con la señora, con el señor, hasta con los niños, quienes indignados y sin opción, han sido convencidos por los padres de que es tiempo de deshacerse del caballo, del payaso, de la pistolita de agua; es una pena verlos aprender este engañoso juego de crecer. Pero a mi mujer eso no le da ni un poco pena, cree que siempre puede encontrar un precio más justo para que Alondra se apodere de la muñeca, del caballito de palo, de la almohadita de zarzamora que ahora es un trapo negro. A veinte, a quince, menos, menos, a siete. Véndelo más caro, le dice por lo bajo la madre al pobre niño que lo único que pide son siete pesos por un caballito de palo, en fin.

Hoy estuve por la mañana en ese lugar con la única esperanza de encontrarme un compacto de Carlos Santana (ya no compro vinilos porque no puedo escucharlos sin que Alondra meta la mano para levantar la aguja), pero una vez más pasé sin tener suerte. Laura insiste en que me haga de un buen relojito, que compre aquella lámpara, esta manopla de béisbol, pero lo único que busco es un compacto de Santana, y como sé que es más fácil ir a una tienda departamental y conseguirlo, finjo salir decepcionado y cabizbajo. Laura me consuela, dice que algún día va a encontrarlo.

Mañana, cuando parta a Genova y cierre la puerta de la entrada, puedo terminar de asegurar que después de este par de paladas, nadie tiene la certeza de que a mi regreso el socavón no se haya multiplicado por tres o cinco; ¿y entonces para qué el hueso? Para gastar en un bazar siempre habrá un pretexto.

Llega la hora de despedirme de Laura y de Alondra. Laura me ha prohibido asustar a los pasajeros, me ha pellizcado el codo, yo le prometí que no lo haría. Me despido de Alondra, que duerme custodiada por dinosaurios y animales inertes. Si esos animales emitieran ruidos, Alondra habría aprendido a berrear, a borbotar, a graznar, suerte que están hechos de felpa. Le doy un beso en la frente. Volveré a verlas dentro de quince días.

lunes 12 de diciembre de 2011

Nolek un jueves.

Nolek tuvo suerte de no haberle robado a los judíos justo el día en que uno de ellos, el más flaco de todos, le metió las manos a las bolsas de la chamarra sospechando ya de alguna pericia. Había terminado su trabajo como anunciante de una cadena de sándwiches mundial a las afueras del Sheperds Bush Empire. No había sido una buena tarde. Reconoció a sus pares embriagándose en los parapetos del teatro y de pronto llegó a convencerse de que a él le correspondía otro rol en el cuadro. Esa tarde apenas entregó diez impresos, y ello implicaba deshacerse del resto tan pronto como dieran las nueve de la noche. Así que a su regreso, con el incómodo anuncio recargado sobre su espalda, logró desaparecer los volantillos dentro de uno de los cestos de basura de Shipton Road, una calle paralela a la de la bodega donde cada noche descendía para acomodar el letrero sobre una de las repisas.

Les había robado, cuando mucho, veinte libras en productos tales como papas fritas, gaseosas de cola, papas deshidratadas. Y lo hacía no tanto por necesidad (gracias al cielo las papas cocidas nunca lo abandonaron), sino por gula. Nolek estaba convencido, desde hacía unos meses, que todo alimento que no fuese un regalo de algún piadoso indigente o camaradilla de cantina, era definitivamente gula. Además lo motivaba el deseo de hacer justicia por propia mano a la paga insultante del señor Bogda.

-Alguien me dijo que además de las tres libras usted premia –quiso motivarlo- a sus trabajadores con un bocadillo de quince pulgadas.

-Lo único que puedo ofrecerte son tres libras, tómalas o déjalas.

Necesitaba la puta pasta. El alquiler llegaba cada mes y el dinero que había hecho en el tercer mundo se esfumaba con apremio en el primero.

-Tres horas diarias, haya concierto o no.

-Sólo puedo pagarte cuando hay conciertos. Tener un anunciante sin público es como tener un espantapájaros en el la montaña.

-Venga, me quedo con el trabajo.

Entonces aquel diálogo, todavía rimbombante en sus venas, se estampaba sobre las escaleras de la bodega, se le colaba por entre los poros y, desde luego, se leía en sus ojos. Y ellos lo supieron desde el primer momento como quien intuye la presencia de una larva. Pero esa noche Nolek estaba lleno. Había comido tres papas, en vez de dos cocidas. Y Nolek estaba lleno. Y cuando alzó la mirada para esquivar el diálogo con Bogda, pensó en que esa tarde no le apetecía robar papas fritas. Al salir tuvo suerte. El más flaco, quien por más que buscó entre las bolsas de la chamarra encontró sino aire y una mirada de larva, le miró incrédulo. Nolek reconoció que con orgullo triunfaba líneas arriba. Sin el consentimiento de nadie, pero sin más que alegar, abandonó el recinto, se fue alejando, perdiéndose entre la gente que común y corriente camina por una calle inglesa a las nueve y siete de la noche.

domingo 7 de noviembre de 2010

Día Soleado De Verano

Y tirados en el pasto,

sobre verde,

primeros impactos de arce al cráneo,

ingenuidad sacudida por imágenes de césped y de bat.

Césped verde de verano, de otoño,

del montaje de plataforma,

exquisito montaje sobre el verde follaje.