Lo que más me gusta de ser piloto es tener el poder de escarmentar a la tripulación diciendo en un mesurado tono: "Hay algún médico abordo?". Y luego bajas un poco el alerón para que sientan una turbulencia chiquita. Suelo acompañar al movimiento encendiendo la señal del cinturón de seguridad y, casi de inmediato, ya estoy escuchando los golpecitos de Lilia en la puerta. El juego es lo que me mantiene vivo.
Estoy arreglando un hoyo que se hizo por la lluvia y por la insistencia de Tenoch, mi perro, en escarbar justo ahí para enterrar el hueso que le compró Laura la semana pasada en uno de esos tianguis que se suelen poner los sábados al mediodía. Me gusta ir ahí, pero mi parte favorita es irme. Una hora es más que suficiente para darse cuenta si hay algo que vale la pena, y hay que ser francos, yo sólo he comprado ahí cacharros. Que el relojito de Coca-Cola, que la mesita para la niña, que así ya no va a pintar con crayolas las paredes, que el hueso para Tenoch, que así nos va a dejar de morder los zapatos, en fin, nunca he comprado algo de lo que me sienta orgulloso, caso contrario al de Laura, a la que veo esponjarse un martes al mes en su reunión y presumir los precios de la silla, del vestido, de los aretitos, de la plancha. Disfruta demasiado negociando con la señora, con el señor, hasta con los niños, quienes indignados y sin opción, han sido convencidos por los padres de que es tiempo de deshacerse del caballo, del payaso, de la pistolita de agua; es una pena verlos aprender este engañoso juego de crecer. Pero a mi mujer eso no le da ni un poco pena, cree que siempre puede encontrar un precio más justo para que Alondra se apodere de la muñeca, del caballito de palo, de la almohadita de zarzamora que ahora es un trapo negro. A veinte, a quince, menos, menos, a siete. Véndelo más caro, le dice por lo bajo la madre al pobre niño que lo único que pide son siete pesos por un caballito de palo, en fin.
Hoy estuve por la mañana en ese lugar con la única esperanza de encontrarme un compacto de Carlos Santana (ya no compro vinilos porque no puedo escucharlos sin que Alondra meta la mano para levantar la aguja), pero una vez más pasé sin tener suerte. Laura insiste en que me haga de un buen relojito, que compre aquella lámpara, esta manopla de béisbol, pero lo único que busco es un compacto de Santana, y como sé que es más fácil ir a una tienda departamental y conseguirlo, finjo salir decepcionado y cabizbajo. Laura me consuela, dice que algún día va a encontrarlo.
Mañana, cuando parta a Genova y cierre la puerta de la entrada, puedo terminar de asegurar que después de este par de paladas, nadie tiene la certeza de que a mi regreso el socavón no se haya multiplicado por tres o cinco; ¿y entonces para qué el hueso? Para gastar en un bazar siempre habrá un pretexto.
Llega la hora de despedirme de Laura y de Alondra. Laura me ha prohibido asustar a los pasajeros, me ha pellizcado el codo, yo le prometí que no lo haría. Me despido de Alondra, que duerme custodiada por dinosaurios y animales inertes. Si esos animales emitieran ruidos, Alondra habría aprendido a berrear, a borbotar, a graznar, suerte que están hechos de felpa. Le doy un beso en la frente. Volveré a verlas dentro de quince días.