viernes 16 de octubre de 2009

Cambalache

- Hay una imprenta cerca del metro Carabanchel, búscate trabajo ahí –dijo Berna-. Pagan la hora a tres euracos, pero ya te dije, si te encuentro algo en la Comisión Nacional de Trabajadores Alternativos te sales, ¿eh?
- Ah, claro. Me queda claro que el trabajo es temporal. Yo en cuanto me hables me salgo. Deja ver si lo consigo.
- Rápido que ya vas tarde.

6 p.m.

Álvaro salió en busca del trabajo. Era una tarde calurosa en Madrid. Era verano. Compró un ticket para el metro y abordó sin problemas en Balderas, la penúltima parada de la línea rosa viniendo de oeste a este.
Sería un trayecto medianamente largo. La línea rosa tenía fama de ser la más lenta y la menos generosa también, creía Álvaro, porque una vez un rumano lo pateó en la frente al caer de bruces. Qué calor. Abrió su maletín, Álvaro, y desempolvó un libro en la página doce. Con el dedo índice iba siguiendo de izquierda a derecha los enunciados, pero su dedo rebotaba acompasado por un vaivén tajante. Los rieles tronaban. La luz se iba y venía y resolvió cerrar el libro y cerrar los ojos cuando el metro entró en el túnel.
Su mano buscó en el maletín la grabadora roja que tenía una pegatina del cangrejo Sebastián que Frifa, su sobrina, le había regalado. Presionó el botón de play y escuchó la voz de una mujer: “Recogemos información en un tiempo determinado, digamos un mes, dos meses, medio año. Recurrimos a registros, suponemos que hay registros, hay información, pero primero hay que fijar el periodo de estudio del sujeto, transversal, bla, bla,bla,bla,bla”. Una clase de investigación de la prepa.
El vagón se detuvo de tajo y sacudió a Álvaro. No le preocupó para nada. Con el anular presionó foward y escuchó el track número dos: “Los hombres con más de veinticinco años prefieren las papas con sal, a diferencia de otro estudio que arroja datos dolorosos para el sexo masculino, pues la mujer prefiere las frituras con picante hasta pasados los treinta”. Era la voz de la tía Mapale leyendo el Times.
La ventana traslúcida de sus ojos, que son los párpados, dejaron entrever la luz de la estación Colombia. Comenzó a darle hambre cuando el metro se detuvo, ahí donde tenía que trasbordar. Cómo odiaba esa palabra. Y subió en Colombia. Alcanzó lugar apenas arrojado por ciudadanos. Los ciudadanos no eran sus amigos, decía Álvaro. Qué ciudadanos van a ser. Qué amigos van a ser. Track tres. “Carlos Mongardi ocupa la portada del semanal Cruce, fechada al 10 de Octubre, entre otros temas, encuentro la reforma fiscal…” Soy yo leyendo, dijo Álvaro. Bajó en Cumbres y decidido a comer algo antes de trasbordar, se acercó a una pizzería con una fachada que se antojaba para tostadería.
- Una pizza, por favor –dijo Álvaro-. Una pizza chica por piedad.
- Hola, joven, le dejo una carta para que revise nuestro menú…
- Quiero una pizza con tomate, eso es todo. A sí, para llevar por favor.
- Favor de pagarla en caja –contestó como robot quien se identificaba como Mónica.
Álvaro se acercó a la caja.
- Una pizza tradicional, por favor.
- ¿Sólo queso?
- Sí, chica por favor.
- ¿Seguro que sólo quiere queso?
- Sí, seguro, sólo queso. Para llevar, por favor.
El lugar comenzaba a abarrotarse y Álvaro tuvo fobia.
- Son 9.99.
- Aquí tiene dijo Álvaro.
- Tardará unos cincuenta minutos más o menos.
- Perfecto, regreso por ella en un momento.
- Pero déjela pagada, por favor.
Álvaro pagó y salió nuevamente hacia el metro. Carabanchel no estaba muy lejos. Podría ir a por ese trabajo y regresar a comerse su pizza en la tostadería. No era mucho pedir. Tomó el metro nuevamente. Un trabajo hasta Carabanchel. Está bien lejos, pensó Álvaro el estrujado. “Próxima parada: Carabanchel”. Malditos ciudadanos de mierda. Bajan. Aqu{i bajo, disculpen. Disculpen, ¡bajan! Que bajan coño, hijos de putaaaa. El metro cerró sus puertas y no hubo modo de relajar la postura. Por si fuera poco Álvaro siguió arrastrado hasta la estación Petrelli. Mi pizza, pensó Álvaro. Mi pizza tradicional se va a enfriar. Suspiró cabizbajo apenas encerrado entre cuatro cuerpos.
Estación Petrelli a las 9 de la noche.

La estación Petrelli es oscura. Suelen maullar gatos cuando los trabajadores alternativos de turnos vespertinos visitan este peligroso barrio. “Buscar un trabajo hasta Carabanchel. No voy a regresar a trasbordar. Mierdas de ciudadanos. Ahora yo aquí. Arrojado en el barrio Petrelli, como el agua, pero aquí no hay ni agua, sólo tapas y cervezas”.
El cuerpo de Álvaro comenzó a debilitarse, sus hombres cayeron a la altura del torso, parecía un pez antropomorfo. Se miró en el reflejo de las ventanillas del metro y vio a un pez vela a través. “Subamos de una vez puta madre. Arrójenme y ni crean que esta vez voy a permitir que me siga hasta Baradero. Esta vez bajo en Carabanchel, cabrones”.
El metro comenzó a avanzar. La gente miraba a los ojos a Álvaro, conspirando contra él, aventándolo hacia el medio del vagón. Cada pestañeo era un instante más cerca del trabajo. Quiero llegar a la imprenta cabrones. ¡Bajan! ¡quiero mi trabajo en la imprenta! ¡Bajan! De repente una ola de citadinos entraron de tajo en el metro contarrestando la fuerza de los que iban a bordo, incluido él y la gente en el barrio de los Petrelli. ¡Vamos!, gritaba Álvaro para motivar a la gente de Petrelli a tirar hacia fuera. Lo que él desconocía era que ellos no bajarían en Carabanchel. ¿quién putas baja en Carabanchel? Nadie va a Carabanchel.
Apretó sus dientes triste y suspirando agitadamente. Callado. ¡Auc!, gritó. Le pisaron la espinilla. No lloraría Álvaro. Sólo le quedaba regresar a la estación Colombia y comerse una pizza chica. Una pizza tradicional.
Esta vez logró bajar. Aunque un rumano le pisó la frente. No eso fue hace tres meses, pensó Álvaro. Esto no es una tostadería, por favor. Esto es una pizzería, gritó Álvaro. Estaba cerrado. Por favor, ábranme, pedí una pizza hace noventa minutos, ¿pueden darme mi pizza? Es una chica. Es una tradicional. Por favor. ¿Es mucho pedir? Álvaro regresaría en metro a casa de Berna dos horas más tarde. Un par de cocineros se comieron la pizza. Regresaría pensando en que la vida podría darle otra oportunidad. Al menos en la Comisión Nacional de Trabajadores Alternativos. ¿Era mucho pedir?

jueves 3 de septiembre de 2009

Martes

A mi hermano Roberto

He estado dándole vueltas con el tenedor de plástico a todas las hojas de lechuga dentro del trasto. Me cuesta muchísimo escoger una sin aderezo, mucho más comérmela, entonces sólo las veo. Es martes y ayer también fue un mal día; no fui el único, a Ja lo arrolló una unidad de transporte público, supongo que iba con un basuco encima. Le dice basucos a los cigarros de marihuana, dice que porque así les dicen en Colombia, donde él vivió antes de que se diera cuenta de que no escaparía de la mierda a menos de que cruzara el Atlántico. Le tenemos tanta fe a Europa. Pero peor para él en lunes, peor para el viejo. No es que sea el lunes, sino que está entre el domingo y el martes.

Veo la soledad en la lechuga, en sus vueltas fieles de las hojas, qué color tan su ropa interior. Gracias, Ja, porque a pesar de que Maru me dejó en domingo me invitaste a comer empanadas con tu madre, que vestía un vestido color rosa. Ahora sí le aceptaría el control de la televisión para que me despeje la cholla de esta mierda, que me acerque a una revancha. Ese día me enseñaron tu madre y tú que se puede ganar en domingo, pero en martes Ja, ¿en martes podemos?

lunes 10 de agosto de 2009

The Climatics

A Marina y a Pedro
I
Hoy estamos en la cárcel un tal Frank, una Sassi y yo. Escuché que ellos saldrán mañana con derecho a fianza porque son ricos, pero uno, mi bien, uno con suerte sigue mirando los peces a través del cristal y sin poder hacer nada más que imaginar y recordar (¡ahí va un calamar, por ejemplo!).
Debo decir que me siento afortunado de vivir en el acuario porque soy acrofóbico, y por poco, el señor juez, decide encarcelarme en las alturas -díos mío, qué cerca de ti-, sin embargo, aquí con trabajo vale la condición de recordar cuánto nos gustaba el buen rock-flock y en ese entonces/ahora, sigo creyendo que no había una banda mejor que The Climatics, que a mi gusto, además de su original sonido falceopolizón, se le sumaba su ideología que, las más de las veces, se confundía con activismo político. Su primer sencillo se presentó en Ohio con una situación climática tan adversa, que apenas lograron llegar al coro de la tercera canción, sin embargo, las treinta personas, según el electrodiario SHG, corearon hasta cerrar la canción y hubieran comenzado la cuarta de no ser por un relámpago que escarmentó a los mismos, e incluso, a mi hermano Robert, fan que abandonó las presentaciones del grupo en vivo tras el temblor en lo que alguna vez fue la falla de San Andrés; una experiencia no muy grata, según él mismo.
Después de aquel altercado en San Andrés, vi a mi hermano sufrir, porque si alguna vez su frenetismo inusitado lo obligaba a cerrar siete veces la sontraca de la entrada en los suburbios donde vivíamos, era decir muchísimo más, que saliera en pleno verano con un abrigo de piel de pingüino esperando un invierno que, de haber ahorrado lo suficiente, habría encontrado en Esparruecos en diecisiete minutos por 800 Orbos. Pasó un tiempo deprimido. Aún recuerdo que Robert dijo: “Ahí están esos malditos The Climatics, escúchalos tú, que yo no puedo más”. Arrojó los discos al suelo llorando. En ese momento no los levanté, pues me identificaba más con los gustos de mi madre, que, desde que estaba embarazada de mí, según la vecina So, se inclinó por el popiclán, género que apostaba por los sonidos suaves de las cuerdas pulsadas como el arpa, la bandurria y la cítara, que en los últimos años había venido a más.
No pasaron muchos días para que escuchara The Climatics en una tarde de típica soledad. El grupo compuesto por un guitarrista, un vocalista y un baterista performativo (entiéndase performativo como contorsionista), por llamarle de alguna manera, me provocó una ligera sensación de escalofríos y comencé a bailar por todo el salón. Esa guitarra, ¡esa guitarra! Y David B., el vocalista, gritando:

Snow and whiskey,
I am not afraid of nuclear fallout,
I have no fear of shadow,
Specting for a cyclone.

Eso el coro. Lo demás se tarareaba con la boca, o los labios, o se bailaba si las condiciones climáticas lo permitían. ¡Esa maldita guitarra! Algo diferente a lo que había escuchado, que bien no podría llamarse rock-new-wave-back, pero sí rock-flock, como ellos se autoproclamaron en una entrevista que les hizo Carol89 hace algunos meses.
Pronto me convertí en fan de The Climatics y comencé a trabajar en un sótano que funcionaba como bodega de verduras artificiales con el fin de ahorrar para el primer concierto.

17 de Octubre del 2090
Les adelanto a los fanáticos de The Climatics seguir la trayectoria del Huracán Joao (www.looo.com/Joaoandtheclimatics), pues estaremos ofreciendo un concierto sorpresa el 20 de octubre en alguna de las ciudades donde el Huracán alcance su punto más fuerte. Para que haya algunas pistas de dónde podrá presentarse la banda, adelantaremos tres de los puntos más franqueables:
1.- Soslayi, Mk.
2.- Esparruecos, Esparruecos.
3.- Amsterdam, Holanda.

Gerogge Hans.

Malditos The Climatics, siempre anduvieron con sorpresas, pero era hora de seguirlos. Encontraría algo en Internet.
Huracán Joao {categoría 5 {Vientos Mayores a 250 Km/h
Trayecto1) Ojo del Huracán en San Idelfonso, Esparruecos.
Trayecto 2) Mayor alcance en Esparruecos, Esparruecos.

Nota: Este huracán puede ocasionar daño muy severo y extenso en ventanas y puertas. Falla total de techos en muchas residencias y edificios industriales.

Resolví la trivia gracias al Hurucopio, aparato que predecía la intensidad y el lugar exacto del ojo del huracán. También apoyado, claro, por la nueva tecnología de predicción meteorológica inventada y probada hace tres años: Neo-Meteo, la cual funciona a base de tres recolectores de información climática: El primero, que mantiene la relación presión atmosférica-territorio y la compara estadísticamente con años anteriores. La segunda, que combina la probabilidad y la mecánica cuántica, y determina la posibilidad de todas las partículas que conforman al fenómeno natural. El tercero, que se considera la punta de lanza en cuanto a predicción se refiere: el magnetómetro bifocal de alto alcance, que funciona en conjunción con todos los satélites del mundo, todos los sensores de terremotos, todos los barómetros conectados a la red, etc.
La posibilidad de que el Huracán pasara sobre Esparruecos era del 92%, gran diferencia si se compara con el 81% de posibilidad sobre Amsterdam y 70% sobre Soslayi. En una semana viajaría a Esparruecos y presenciaría, con mis cinco sentidos, mi primer concierto de The Climatics.

II
Por mar no viajo porque es demasiado caro. Por cápsula de profano, ni pensarlo, supera mi presupuesto en más de un mil por ciento, entonces no. Así que con todo y mi divertida acrofobia, decidí viajar por aire por menos de 400 Orbos, viaje redondo, que implica que mis expectativas de regresar con vida son grandes. Pagué con el dinero electrónico que había recibido por el pago de una semana, más o menos, como trabajador de la bodega que mencioné antes.
Un día al salir de la bodega.
- Aquí está tu paga, niño. Nos vemos el lunes.
- Quisiera confesarle algo, Mr. Chopin.
- ¿Te enfermarás el lunes?
- No, Mr. Chopin, es algo serio, pero seré sincero.
- Dime.
- Faltaré la próxima semana.
- ¿Cómo? ¡La próxima semana! La próxima semana me llega el producto. La tonta de Dinora no puede sola, morirá. Una caja de betabeles, ya la veo, trastabillando y rodando río abajo. No, no, no, tú no te vas.
- Déjeme explicarle…
- ¿Explicarme? ¿Qué vas tú a explicarme? La horticultura no es un juego. Bienvenido al mundo de Mr. Chopin. Clave tres tres tres…
- ¡Es que soy fan de The Climatics!
- Fan de qué, de qué, de qué. Eso no es escusa. Yo también soy fan de muchas cosas: de la fruta, de la vida, y ¿por eso falto al trabajo? No.
- Pero es que se presentarán el ojo del Huracán Joao, Mr. Chopin, no lo entiende. Necesito ir a verlos. Formar parte de las treinta personas. El grupo de fans es reducido y quiero formar parte.
- Si te vas estás despedido.
- Hasta luego.
Ahí terminó el trabajo, aunque eso no fue impedimento para seguir costeándome los vuelos a las ciudades con eventos catastróficos donde se presentaba The Climatics, pues fue un golpe de suerte encontrar una compañía aérea como “Salviers Airways”, quienes prometían reembolsar tu vuelo en caso de más de treinta minutos de demora, y como regularmente las mismas condiciones climáticas impedían el aterrizaje del avión, era una pasión autosustentable.
Esparruecos era difícil de creer, con su ciudad construida para el peatón, llena de laberintos circulares y edificios de cantera decorados con pintura urbana al estilo de Basquiat. Era de no creerse. Por primera vez una ciudad de mi época, en sus tiempos y espacios, superaba mis expectativas. Además de eso, el manager de la banda había comunicado esa misma mañana que efectivamente ofrecerían un concierto en la montaña Patmandés, mientras el Huracán Joao había subido una categoría más en el transcurso del viaje. Yo iba bien preparado; pues mi madre, quien había recibido un consejo de mi hermano, había preparado mi maleta con los elementos necesarios:
1.- Dos sleeping bags en los que me introduciría y cuya superficie iba amarrada alrededor de mi torso. En la parte inferior había dos agujeros del diámetro de mis piernas, para introducirlas.
2.- Seis pares de calcetines.
3.- Dos caperuzas.
4.- Dos sprays con aliento a temperatura mayor a cuarenta grados Celsius para usarlo en caso de perder oxígeno.
5.- Una antena pararrayos colocada en lo alto de la caperuza, cuyo objetivo es atraer un rayo ionizando el aire para llamar y conducir la descarga hacia mis botas de caucho.
Éramos menos de veinte ese día, podía contarlas con lo dedos, estoy seguro. David Berkeley comenzó gritando “¿¡Cómo está mi gente!?” Y entonces nosotros gritamos un “¡Uh!” y comenzaron a rockflockear como sólo ellos saben. El viento soplaba fortísimo, enseguida perdí mi slepping bag que fue a parar a la traspuerta del camerino de la banda. “Hace un viento de la puta madre”, dijo Elen, otra de las seguidoras con la cual solía mantener comunicación antes de acabar aquí. “Sí, no duraremos mucho a salvo. Vamos a decirle a los demás que hagamos un círculo”, grité. Elen tomó a tres hombres de unos treinta años y los formó de manera que casi, los veintitantos, éramos un círculo. Tengo que ir al baño, pensé. En el momento en que me separaré de la masa, vi un relámpago y perdí el conocimiento. Sólo tocaron dos canciones completas porque un rayo cayó sobre mi cabeza, que al parecer hizo interferencia con el amplificador de David. Lo lamenté. Después hubo un hombre herido, pero nada de gravedad. Recibí abucheos, debo reconocerlo. Me sacaron del círculo y caminé al camerino a recoger mi sleeping bag. En el camino, uno de los fans me aventó una lata de oxígeno vacía y, bueno, qué iba yo a hacer si probablemente tenían razón en decir que fue un error portar un pararrayos sobre la caperuza. Lo que me dejó tranquilo fue que David, el vocalista, me dio una palmada en la espalda cuando pasé cabizbajo junto a él, “es un gesto de compasión”, deduje. Regresamos en a nuestro hotel en un helicóptero, me sentí como un héroe superviviente. Los periodistas estaban esperando en el helipuerto y debido a que yo era uno de los fanáticos que se encontraba en las mejores condiciones, fui entrevistado mientras llovía, volviendo la escena dramática.
- Gukye, qejkn thsa nienf.
- No hablo Esparruecos, disculpe.
Seguí caminando en dirección al hotel y me despedí de Elen, quien prometió asistir al siguiente concierto. Ella dijo: “chau”. En el bar del Hotel Esparris, tomé un Salpkj, y después monté una mototaxi, que resultaba adecuada ya que la ciudad era toda caos debido al ciclón. En el aeropuerto rematé con otro Salpkj y abordé lo suficientemente ebrio como para olvidar mi acrofobia. Como era esperado, el vuelo se complicó y en mi regreso demoramos más de cincuenta minutos en el despegue. Al bajar del avión, el sobrecargo nos recordó que debíamos guardar la clave del vuelo, pues al llamar al las oficinas de la aerolínea, se nos reembolsaría con otro boleto electrónico con vigencia de tres meses.
III
Pasé un tiempo leyendo electrodiarios hasta finalmente encontré algo. Después de dos meses de auscencia, The Climatics se presentaba nuevamente para el público. Esta vez tuve la grandiosa idea de abrir un sitio en línea para convocar y reclutar fans de rock-flock y lo conseguí. Logré convocar a más de siete mil personas en el foco de un temblor, que confirmé gracias a los nuevos avances del sismógrafo anticipado, sin necesidad de ser un genio en la geofísica.
El vuelo con “Salviers Airway” fue tranquilo con la ayuda de un Valium Forte 2da. Generación, y tuve que despertar obligado por el sobrecargo al arribar por la mañana en Pablo Viejo, Soitatlín. Se respiraba el miedo en la ciudad por la predicción del sismo y el adelanto informativo de la Secretaría de Catástrofes Geológicas. El terremoto podría alcanzar hasta siete grados según la escala de magnitud local. Yo iba tranquilo.
Al llegar me comuniqué con Gerogge Hans, el manager de The Climatics, quien solicitó mi presencia en el escenario cuatro horas antes del terremoto para organizar a las siete mil personas. Toma el micrófono en el escenario y tranquiliza a los fanáticos; prepáralos para el espectáculo, dijo Gerogge. Les dije lo que se sabe por sentido común; cosas como no cargar objetos pesados, alejarse de las instalaciones eléctricas, no salir del punto de reunión, no portar pararrayos sobre las caperuzas, seguir bailando durante el sismo, no caminar descalzos y estar preparados para una posible réplica sísmica. Cuando paré de hablar, me di cuenta de que había recibido aplausos de manera más sencilla que cuando rompí dos copas en un bar y todos se percataron. Acaso ahora mi cara era más popular que la de David Berkeley por las recientes visitas al sitio de fans. No sé, pero fui ovacionado y el concierto fue un éxito. The Climatics tocó nueve canciones, rompiendo así el record de San Andrés de tres melodías.
No se presentaron heridos, sin embargo, Pablo Viejo quedó devastado y el aeropuerto no fue la excepción. Nuevamente conseguí un vuelo gratis costeándome así, la tercera aparición pública de The Climatics.
IV
Me sorprendí cuando a la hora de dormir, dentro de mi celda, escuché ajetreo en la entrada de los reos. Me quedé pasmado cuando al entrar vi ahí a Gerogge Hans, el manager, con el cual simpatizábamos de alguna manera después de cinco conciertos más a los que tuve oportunidad de asistir. Fue hasta el día siguiente que tuve la oportunidad de saludarlo y preguntarle su situación.
- Gerogge, te vi llegar ayer. ¿Qué haces tú aquí? –dije saludándolo de abrazo.
- Viejo, es un gusto verte. No son buenas noticias, la banda ha tenido que dispersarse por problemas con la política. Han confundido rock-flock con activismo político.
- Baja la voz. Vamos al patio –susurré.
Gerogge y yo nos condujimos al patio con cautela y discreción.
- Estoy aquí por la banda.
- Maldita sea, ¿qué ha pasado con la banda? –pregunté.
- Ofrecimos un concierto en un eclipse de luna, pero el tiro nos salió por la culata cuando de repente nos agarró un tornado. No consulté el Neo-Meteo.
- La puta madre, ¿qué dices?
- Lo peor de todo es que murieron dos personas. Dos jóvenes. Dos mujeres.
Una de ellas podría haber sido Elen, pensé.
- ¿Se llamaba Elen? –musité.
- No lo sé, no recuerdo, pero hay dos muertos. Aunque hay esperanzas de salir bien librados de ésta. Un fanático millonario pagará mi fianza y probablemente la tuya. Te necesitamos para el último concierto –dijo Gerogge.
- ¿De qué hablas? ¡No pueden detener ese género! –grité frenético sin poder contenerme.
- No lo veas en términos políticos, velo en términos de sistema de compensación –dijo Gerogge.
- Joder, qué tragedia.
- Sí, lo sé. La buena noticia es que de salir de aquí mañana, este mismo lunes, caerá un meteorito sobre Alberta y he conseguido las coordenadas.
- Increíble –dije-. Todo saldrá bien, ya verás.


V
Logramos salir bajo fianza con un golpe de suerte, pero lamentablemente volvimos a las mismas, pues la banda había perdido popularidad; además, la policía seguía pendiente de los movimientos de cualquiera de nosotros.
Por un momento creímos Gerogge y yo que la policía nos encontraría en las coordenadas del meteorito, pero no fue así. La gente se había acobardado, aunque eso nos permitió mantener la presentación como secreto de estado.
The Climatics subió al escenario. Las quince personas que lo presenciamos comenzamos a aplaudir con lágrimas en los ojos.
Latitud 36,2 grados norte, y longitud 74,6 grados oeste.
29,9 grados norte del ecuador y 74,8 grados al oeste de Greenwich. Pasará por Baltimore.
Comenzamos a corear la primera canción:

Snow and whiskey,
I am not afraid of nuclear fallout,
I have no fear of shadow,
Specting for a cyclone.

Tomo de la mano a Elen y por primera vez le doy un beso. Disfrutamos el resto del concierto en silencio. En cualquier momento el meteorito caerá sobre nuestras cabezas.

domingo 12 de julio de 2009

Adelanto Novela.

Por las tardes se volvió costumbre visitar a Meg, cuyo departamento no se ubicaba lejos del suyo. El tiempo hizo que los bolsillos de ambos se llenaran de recuerdos, sus carteras de pedazos de servilleta del bar St. Paul, sus bolsos de pesos mexicanos y sus lenguajes de un solo tono entre sollozo y mirada de soslayo.
Mientras ocurre, una buena tarde se decidió a sentarse frente a cinco peligrosas hojas en blanco que apretó entre la Olivetti y las yemas de los dedos. Amenazante de dedos, comenzó a redactar una serie de diez cartas para Mariela, explicando la evolución del caso del asesino. Carta número uno.

Comandante Arana:

Está claro que en el país no está. Solicito de manera atenta nueva información que esclarezca el caso, de otra manera me declaro incapaz de resolverlo, y por lo tanto, no recibiré más su dinero.

Yo te recomiendo dejar esto así como está, de otra manera me veo obligado a responder cartas que no dicen nada, y es cansado. Contrata a alguien más.

Saludos,

Antoine R.


Cuando terminó esa carta se sintió seguro de no mandar la sexta, o incluso la segunda. La comunicación entre ambos habría terminado allí, acaso.

martes 2 de junio de 2009

LA REVOLUCIÓN NO HA MUERTO

Octavio me dijo que ya ni los menores entran en estos tiempos. Antes no era necesario ese páselepásele, simplemente te habrías campo a tus anchas y pedías la cubeta para ver los cuerpos que a oscuras se desnudan, y a oscuras también te visten y desvisten. La Revolución está muerta, me repitió Octavio triste.
Le regalamos un privado gratis, joven, dice el cadenero afuera de la Revu. Yo pienso dos veces, deteniéndome y recordando cuántos Sor Juanas traigo en la cartera y finalmente, trastabillo confiado de que al menos hay uno. Páselepásele, dice a últimas el portero, y yo, decidido, entro a comprobar que la Revolución no ha muerto.

domingo 31 de mayo de 2009

EL CAMINO

De perderla no habría modo de regresar a México vivo y Mariano ya se había cruzado. A las tres de la tarde, un joven la encontró sobre los matorrales llena de hormigas que terminaban de comerse pedazos de jamón todavía frescos. Adentro había una garrafa con agua y se la pasó a su madre para que bebiera un poco.
La maleta estaba llena de dólares, y por un momento su madre y Enrique se miraron pensando si valía la pena seguir el camino teniendo tantos billetes. El guía seguía caminando sin caer en la cuenta de que cien metros más delante encontrarían el cadáver de Guillermo. ¿Le seguimos, mamá?, preguntó. El guía apresuró su paso y tiraron camino sin cuestionarse.

martes 31 de marzo de 2009

BASTIÁN

A Ericka Cullen.

¿Por dónde se filtraba el dinero que recibía por la venta de galletas rellenas de cajeta?, dijo Bastián. Se escurre por compras excesivas, como tu obsesión por una colección estúpida de relojes Quartz de características comunes, dijo Cloé. Lo importante ahora, era que entre ambos tendrían que resolver cómo pagar por el chasís de un Concord 54 sino querían ser embargados. Cloé pensó en trabajar como su tía Anne, tejiendo y vendiendo los bordados de punto de cruz, haciendo rifas con señoras del Chalet o el Club de Leones. Bastián, por su parte, pensaba en la facilidad con la que su tío Gerardo se metía dinero en el bolsillo "Hago una rifa fantasma y salgo de este apuro".
Por la mañana llamó al apartamento Bernard, el casero y preguntó: ¿Podría tener un adelanto del mes pasado? Naturalmente la respuesta fue negativa; la prioridad era pagar ese chasís para que no les embargaran la televisión, o la Olivetti, o el refrigerador y ya después, podría hablarse de buenos tiempos adelantando un par de meses de renta a Bernard, viajar a Menorca, visitar al primo Antoine en Portugal, o más ideas, cualesquiera.
- Tendré que pagar el chasís del Concord, Bernard, pero prometo que saldré de esta en no menos de quince días. La cosa no ha ido bien del todo, la madre de Cloé cayó en cama hace menos de un mes y aún sigue sin intenciones de vencer la gripe –dijo Bastián.
- No te preocupes, Bastián, comprendo, la gripe pega más duro que una carraspera peruana, espero se recupere prontamente porque yo también voy apretado estos mediados de un Marzo poco prometedor.
- Ya ves, pero bueno, no se diga más. Yo estoy por entrar a un trabajo que medio París envidiaría. Trabaje desde su oficina por trescientos cincuenta euros a la semana revisando y contestando correos electrónicos. Vaya maravilla, a qué sí.
- Ah, que divinidad. Si encuentra usted otra vacante hágamelo saber. Qué daría por no tener que estar persiguiendo arrendatarios y causándoles molestias. Ya sabes que yo soy un tipo de trancas y voy a lo mío, pero el dinero es el dinero.
- Lo sé, Bernard, lo sé. Por ello me comprometo a pagarte cuanto antes. Disculpa, Bernand, de casualidad conocerás algún empleo de esos que sacan de apuros. Yo sé que vuestra tía Rose tiene una escuela primaria y bueno, yo estudié Ciencias Sociales en una de las academias más prestigiadas de Tarragona.
- Mmm… no te aseguro nada, pero trataré de ayudarte. Te regresaré la llamada en cuanto localice a Rose. Supongo que si te ayudo a encontrar algún trabajo, recibiré mi dinero más rápido, ¿no es así?
- Por supuesto, estoy comprometido. Te agradezco de antemano.
- No es nada, Bastián.
- Disculpa, Bernard, ¿puedo pedirte un último favor?
- Dígame, Bastián.
- Que Cloé no se entere de esta conversación.
Esa misma tarde Cloé regresó con tres bolsas llenas de costuras, estambres, alfileres y un caballete que generaba disonancia entre aquellos objetos. Cuando Cloé se sentó junto a Bastián, le dio un beso en la mejilla y fue él quien le adelantó que Bernard le había conseguido un trabajo.
- ¿Libromóvil? Qué diablos es eso. Suena a un libro interactivo; una tragicomedia mal resuelta, algo así –dijo Cloé.
- No, aunque cuando Bernard me lo dijo, lo pensé muy diferente. El libromóvil es un camión que pertenece a la primaria de la tía de Bernard. Este camión sirve para promover el hábito de la lectura en las escuelas de escasos recursos, o las zonas que no tienen biblioteca. Básicamente tendré que ir a zonas con quién sabe qué niños. Leerle, platicarles –dijo Bastián que seguía mirando el televisor.
- Mucha suerte te deseo. Los niños son malos, ahí tienes a Adriancito, el hijo de tu compadre. Qué niño tan molesto y tan malo.
- Es un niño, mi amor. Los niños son traviesos, son niños.
- No, Bastián. Una cosa es la travesura y otra la maldad. La línea entre estos dos conceptos es delgada, pero vital. Son malos te digo, a mi una vez me aventaron una piedra en la cabeza con una matachinas. ¿Te conté lo que le hicieron a la mamá de Capucine? –dijo Cloé, que ya había suavizado la mirada y alisado el fruncido entrecejo.
- ¿Qué le hicieron a la mamá de Capucine, mi amor?
- Le aventaron cuetes a sus perros. Le quemaron una pata al bullterrier, y ya es decir, eh. Para que quemen a un pinche bullterrier un par…
- Pero eso no me va a pasar a mí, Cloé. Además ¿quién va a pagar el chasís del Concord? No querrás quedarte sin tu refrigerador.
- Ni tú sin tu Olivetti.
- Desde luego que no, por ello voy a trabajar ahí. Comienzo mañana mismo.
- Mañana mismo… -dijo Cloé y lo miró extrañado como quien escucha una situación surreal.

Rose, la tía de Bernard, entregó las llaves del “Libromóvil” a Bastián, que con sus oídos atentos escuchaba cada palabra, detenidamente, con el fin de hacer de la mejor manera posible su trabajo; había que cuidarlo, pues en aquellos tiempos quince euros por ahora no eran poco.
- …en la parte de arriba están los libros de Historia y de Civismo. Esos conviene evitarlos, a los niños no les gusta mucho ese fango de antaño. Lo encuentran estúpido. Evite también la ética y a todos los griegos. A los griegos ni se le ocurra mencionarlos; los odian. En la parte de abajo hay cuentos que pueden servirle, no sé, léales mitos que eduquen. Jamás a Eurípides, ni a Shakespeare, ni a Moliére, esos son libros de consulta para maestros. Léales moralejas, en fin. Hemos intentado tanto que ya no sé qué pueda funcionar. De una vez le advierto que no será fácil.
- Descuide, Rose. Sé lidiar con ellos, son niños. ¿Puedo echarle un vistazo a su biblioteca móvil? –dijo Bastián.
- Desde luego. El chofer lo está esperando.
El chofer dio marcha al motor y apenas logró sentarse en un taburete más pequeño que un nido. En cada vuelta abrupta por parte del chofer, los libros del estante de arriba se caían. Eran de literatura Celta y escandinava. Bastián trató de recogerlos del piso, pero resbaló y cayó de bruces al suelo, y el camión seguía por la autopista a una velocidad que no puede ser considerada como moderada. El tedio cansó a Bastián y no se levantó hasta que sintió que el camión se detuvo. Al abrir la puerta del camión vio a más de veinte niños esperándolo y todos entraron al mismo tiempo, derrumbándolo y pasando sobre su rostro como si no existiera. Tomaron los ejemplares de Shakespeare y comenzaron a deshojarlos, a destruirlos hasta reducirlos a papel picado. Uno de los niños con un gorro azul abrió la puerta del baño y comenzó a colocar enciclopedias viejas en el retrete. Otro gritaba tratando de avisar si la directora se aproximaba, mientras entre el resto aventaban a Bastián hacia el baño, y después de forcejeos lograron encerrarlo en el baño. Desde adentro del baño Bastián pedía auxilio, pero nadie logró escucharlo, hasta que pasada una hora los niños se retiraron del Libromóvil dejándolo absolutamente destruido. Bastián se miró en el espejo un par de veces, acomodó su corbata, y después, cuando el camión dio marcha nuevamente, barrió los restos de los libros y se sentó sobre el taburete a llorar…como un niño.